La fruta exótica que cambió la vida de un matrimonio

José Manuel Cárcamo y Esperanza Martínez sirvieron una gran parte de su vida en la rama de docencia y han terminado por consolidar en el sur de México una plantación de pitahaya en su vida de retiro en el campo

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Pitahaya
Esperanza Martínez y José Manuel Cárcamo. Fotos: Jony Galván

A un par de kilómetros de Suchiapa ―pueblo precolonial asentado en la depresión central de Chiapas, en el sur de México― se extiende una amplia plantación de Pitahaya sobre una tierra rocosa que diez años atrás pudo desanimar a cualquier otra persona con deseos de convertirse en agricultor que no fuera José Manuel Cárcamo Domínguez, un hombre que ha hecho casi toda su vida en el ámbito de la educación pero que terminó por optar por el campo como una manera de retiro.

José Manuel Cárcamo Domínguez, padre de tres hijos, ronda los 63 años, pero a pesar de que no creció en los campos regularmente utilizados para la siembra de productos básicos como el maíz y el frijol en la zona que forma parte de la franja que hiende a la montañosa Chiapas con sus valles a una altura menor a los 600 metros sobre el nivel del mar, destella la fortaleza y frescura de un agricultor que se siente a sus anchas en sus tierras. Robusto y de estatura media, piel clara, este jueves viste camisa azul, pantalón negro y tenis negros.

―Pásenle, pásenle ―invita con ese tono cálido del campesino del sur.

Está a mitad de camino entre el portón principal y una amplia y cómoda casa que termina en anchos corredores que forman una escuadra desde la parte frontal y el lateral derecho y protegida por mosquiteros. Es una construcción de colores cálidos y llamativos, que induce a la imaginación sobre el espectáculo de tonos y matices que se ha de presenciar en las diez hectáreas de sembradío en la temporada de florecimiento y maduración de los frutos de las cactáceas. Pero enero es temporada de fortalecimiento de las plantas; la floración inicia en mayo.

La Pit′yaya se lee sobre un tablero fijado en el cerco frontal del rancho ubicado a orillas de una carretera de terracería que corre casi paralelo al Río Suchiapa, tras abandonar una vía principal a menos de un kilómetro del pueblo que lleva el nombre del municipio, Suchiapa, que en el lado sur y norte le tapan la vista altos cerros y que se ubica a media hora de la ciudad de Tuxtla Gutiérrez. Se abre abruptamente a la vista la ranchería con su empolvado verdor y geométrica plantación, tras recorrer la trocha que avanza entre cercos de hilos de alambres de espino y yermos campos en el que casi no se ven árboles de altura: es como encontrarse de sorpresa con un charco en medio de un campo donde el sol lame la tierra.

La casa de José Manuel Cárcamo Domínguez conserva esa frescura natural de lugares donde por las noches desciende el clima y de día reverbera el calor en los patios. Es ancha, cómoda y el suelo de losetas abona a la comodidad de los pies. Es mediodía y afuera bajo el quemante sol se observan, cuál soldados perseverantes, firmes y robustas las plantas distribuidas a tres metros de distancia entre ellas. José Manuel tiene sembradas mil cactáceas por hectárea, acompañada cada una por un árbol tutor que en este caso es el palo de mulato: por ser una cactácea trepadora la pitahaya requiere del acompañamiento de un árbol o una columna para desarrollarse hacia arriba y no terminar por pudrirse en la tierra. En el inicio, por la misma falta de experiencia, acompañó a cada una de las primeras 300 cactáceas plantadas con un tutor muerto, es decir, mandó a construir trescientas columnas de cemento, mismas que siguen en pie pero con el paso del tiempo se han ido fracturando y en las ranuras se han ido metiendo, como arañas que se aferran a la vida, las raíces de las pitahayas. Ahora la mayor parte de la siembra está acompañada de árboles de mulatos podados a cuatro metros de altura máximo, por lo que además de ser tutores y especies que conservan agua aún en tierras secas son los que amortiguan el clima fuerte y dotan de aire fresco a la casa donde él y su esposa Esperanza Martínez Mendoza se pasaron a vivir en 2015 y dejaron atrás los ruidos de la ciudad y del pueblo.

El ruido constante que aquí oyen es el del zumbido de las abejas entre mayo y octubre de cada año cuando aprovechan el néctar de las flores de las pitahayas y contribuyen en la polinización, del revoloteo de loros y urracas entre mayo y octubre cuando casi disputan las mejores frutas de las pitahayas a los recolectores y del trajinar de hombres y mujeres entre mayo y octubre que es lo que regularmente dura el periodo de las cosechas, porque en noviembre y diciembre José Manuel y sus cuatro ayudantes de planta se dedican a desbrozar las plantas y quitar la maleza y de enero a abril tiran abono para fortalecer cada uno de los cactus que, a pesar de que forman parte del grupo de las especies perennes, por la misma contención de mucho líquido es propenso a enfermarse de bacterias o pudrirse.

De modo que este día, lo que más fuerte se oye en el rancho es la voz de José Manuel Cárcamo Domínguez, y la carcajada que suelta cada que festeja alguna anécdota relacionada con su búsqueda de sembrar algo innovador en el segundo terreno que recién había adquirido en el municipio donde nació, y eso es lo que ocurre la segunda vez que se acerca a la plática su esposa Esperanza Mendoza y le coloca un sombrero de labriego en la cabeza; un campesino debe llevar puesto el sombrero, lo bromea. Hay risas. La tercera vez que se acerque a la mesa circular artesanal que hace conjunto con sillas de espaldar de cuero, Esperanza Martínez Mendoza lo hará con una jarra de vidrio lleno de apetecible líquido rojo violáceo. Prueben agua de pitahaya, dirá, al tiempo que colocará cinco vasos sobre la mesa. Luego volverá con unos frascos de mermelada y de salsa, también de pitahaya, con la marca Surimbo, término representativo de Suchiapa. Llevan seis años cosechando pitahaya, pero hace nueve años que plantaron las primeras cactáceas.

Todo comenzó de esta manera: cuando a José Manuel Cárcamo Domínguez se le acercó la fecha de jubilación, en 2007, se preguntó lo que haría con su vida y resolvió que a él le gustaría marcharse al campo, y entonces se lo consultó a su esposa con quien lleva 40 años de matrimonio. Hombre dedicado al trabajo, a quien no le gusta estar sin hacer nada, se planteó la disyuntiva:

―O me quedo y me muero donde estoy o buscamos algo alternativo.

Alta, elegante y de tono tranquilo, Esperanza Martínez preguntó:

―¿Cómo qué, alternativo?

―Irnos al campo ―soltó su esposo.

A Esperanza se le notó la alegría de inmediato. Se habían conocido en las actividades de docencia. José Manuel Cárcamo, quien como especialista en educación había dedicado una gran parte de su vida a buscar contribuir en la calidad educativa en Chiapas, luego de que en 1980, tras tres años de impartir clases en un primaria rural unitaria, se había integrado a un equipo encargado de enriquecer el proceso de enseñanza, lo que lo llevaría a avanzar con sus estudios y luego enseñar en escuelas de distintos niveles, esta vez hablaba de ir al campo y sembrar algo innovador. Como poseían una hectárea y media en el municipio de Berriozábal, propiedad que luego perdieron a causa de un asentamiento ilegal, José Manuel pensaba en sembrar aloe, pero la idea no prosperó, por lo que en 2009, tras un periodo de documentación, empezó a hablar sobre las posibilidades de sembrar pitahaya, esa cactácea que se reproduce de manera silvestre principalmente en México y en América Central y que se había empezado a cosechar en otros estados del sureste de México, principalmente en Yucatán y Quintana Roo. José Manuel Cárcamo Domínguez recordaba que de niño se adentraba en los bosques y en las montañas para disfrutar del sabor de la pitahaya, y también sabía que se trataba de una planta que no necesita de mucha agua y de mayor cuidado. Entonces, a cinco años de que terminara por decirle adiós a las actividades relacionadas con la educación, adquirió las primeras dos hectáreas de lo que más tarde pasarían a sumar más de diez hectáreas. Casi un año después, en 2011, empezó a sembrar las primeras cactáceas.

En un principio, se iba a los montes para colectar esquejes silvestres, pero cuando daba con alguna cactácea nadie, ni él ni su ayudante eventual, quería treparse a un árbol que de manera natural servía de tutor. Retornaba con un manojo de esquejes. Pero en una de tantas pláticas sobre el tema, una amiga que vive en Quintana Roo le comentó que cerca de donde ella vivía había una plantación de pitahaya. Era miércoles, y dos días después su esposa y él tomaron camino a Felipe Carrillo Puerto, Quintana Roo, para conocer el sembradío. Llegaron el sábado y los llevaron a un ejido, pero cuando quisieron conocer la plantación, las autoridades comunitarias respondieron con un no rotundo. De tanto insistir, se abrió la posibilidad del viaje a la plantación, pero siempre y cuando comprara esquejes. Entonces pidió mil esquejes. Le dijeron que no. Pidió dos mil. Tampoco. Los dueños de la plantación pusieron como condición la compra de cinco mil esquejes. Volvió la vista hacia la pequeña camioneta que llevaba, y estimó que no cabrían en ella más de mil esquejes. Lo mismo calculó el hombre que negociaba con él y quien insistía en los cinco mil esquejes. Por fin, aceptaron llevarlo al plantío por la compra de cuatro mil esquejes. Se sorprendió cuando vio que los árboles que servían de tutores a las cactáceas eran los conocidos como palo de mulato en Chiapas, una especie que se reproduce en tierra seca y se mantiene verde por la conservación del agua. Se trataba de los llamados tutores vivos, radicalmente opuestos a los 300 tutores muertos que él ya había mandado a fabricar. El ejido de 200 familias contaba con una plantación de 100 hectáreas y, a 35 años de siembra, con una producción anual que alcanzaba entre las 80 y 100 toneladas de frutas.

Cuando retornó a Chiapas, con los primeros mil esquejes que cupieron en la caja de la camioneta, lo primero que hizo fue meterse al monte y cortar palos de mulato; cortó algunos de su propiedad y los más los consiguió de terrenos vecinos; bajo la extendida creencia en la zona de que el palo de mulato no sirve ni para los cercos porque conforme crece prensa y daña el hilo de alambre, la mayor parte lo consiguió gratis, y cuando la gente lo vio plantando palo de mulato en su terreno se reía de él, a sus espaldas decía que se había vuelto loco, y hasta los mismos trabajadores a los que había contratado para la siembra hacían comentarios. Ahora, lo dice entre risas, cuando visitas un rancho vecino para conseguir palo de mulato, te responden: ¡Lo querés para pitahaya, verdá! Si respondes que sí, el palo te cuesta a 25 pesos cada uno. ¡Ya hasta se saben la medida!, agrega Esperanza Martínez, quien ha puesto sobre la mesa otra jarra de agua de pitahaya. Esta es pitahaya roja, dice; también tenemos blanca, presume; y estamos tras la pitahaya amarilla, confiesa con cierto aire de orgullo de explorador consumado. Cuentan que la pitahaya blanca la trajeron de Felipe Carrillo Puerto y la roja la trajeron de las montañas de Puebla. En 2014 levantaron la primera cosecha para vender y a cinco años de esa fecha, la familia Cárcamo Martínez ya no es la única que cosecha pitahayas en Suchiapa ni en los otros municipios asentados sobre el valle central, aunque se mantiene como la que posee mayor extensión.

De 2014 en adelante otras familias vieron que esa fruta, la que tiene la forma de un esponjoso y atractivo cáliz con breves y gruesos pétalos, que décadas antes había llamado la atención de los asiáticos quienes se llevaron esquejes y lo renombraron como la fruta del dragón, representaba una alternativa de producción y economía para el campo local. Empezaron a plantarlo, ya con la información de que el mejor tutor es el palo de mulato. Mientras se adentra en su plantación, para un recorrido, José Manuel Cárcamo cuenta que el municipio de Berriozábal hay una plantación de cinco hectáreas, pero al levantar la vista y repasar la extensión de su propiedad esboza una sonrisa, saborea el orgullo de ser el introductor de la pitahaya, porque las cactáceas que él ha sembrado ya no son silvestres, son esquejes escogidos de plantaciones muy bien cuidadas. Insiste en que esta tierra, donde se pisan más rocas que tierra, no era más que un campo seco, que lucía estéril, pero ahora es zona fresca donde en temporadas de cosecha las urracas revolotean en parvadas para ganarles el tiempo a las personas que llegan para colectar las frutas conforme se van madurando. Así como se oye: los colectores y las urracas juegan a quien llega primero a la fruta madura y la mejor, porque eso sí los pájaros se lanzan contra los frutos más grandes y los ahuecan.

El rancho La Pit’yaya, que recibe con una bandera mexicana que ondea sobre un asta de unos siete metros, ha cosechado en los últimos años un promedio de cinco toneladas, debido a que son plantaciones nuevas, y este año espera colectar alrededor de diez hectáreas, porque conforme pasan los años las cactáceas dan más frutos. Una pitahaya puede llegar a producir más de diez kilos y dar un fruto que rebase el kilo. Aquí, una cactácea llegó a dar un fruto de un kilo con 300 gramos. Regularmente el precio de un kilo de pitahaya en el mercado oscila entre los 80 pesos y 100 pesos, pero José Manuel maneja por el momento un precio estándar de 50 pesos por kilo. El rancho coloca sus productos con una red de amigos y conocidos, quienes hacen sus pedidos cuando empieza la cosecha, y tiene seis puntos de venta en Tuxtla Gutiérrez y otro en San Cristóbal de Las Casas.

Casi a mitad del recorrido, José Manuel vuelve a platicar que de mayo a octubre de cada año  en este campo se presencia un espectáculo que provee la misma naturaleza, al grado que algunos amigos de la familia se acercan para pasar la noche en el rancho y presenciarlo: con la primera lluvia de finales de abril o principios de mayo se abren los botoncitos que surgen de las extremidades de la cactácea y principia el florecimiento: el florecimiento no dura más de una noche y se trata de una flor grande y esplendorosa que alcanza su máxima belleza a la medianoche y desaparece con su atrayente olor en el amanecer; a partir de ese florecimiento, empieza la formación de la fruta que se va agrandando como una esponja y una vez que alcanza el tiempo máximo madura en cuestión de minutos, por lo que si los colectores no llegan tiempo se la llevan las urracas. Y en durante todo el periodo de cosecha, que abarca de mayo a octubre, se vive ese procedimiento.

Y ya de vuelta en la casa, José Manuel se arrellana en una de las sillas, con ese aire de hombre que ha terminado por encontrar aquello que lo llena más en la vida.

―Lo hemos hecho entre los dos ―suelta apenas ve aparecer su esposa.

Esperanza Martínez Mendoza, sonríe. Es quien principalmente procesa la pulpa de pitahaya para envasarlo bajo el nombre Surimbo.

Sopla aire fresco en la casa. Afuera, el sol fulgura en las rocas.

Una vez traspuesto el portón principal de arco, ya de retirada, alguien dirá: lo han logrado en medio de este campo tan seco.