La dramaturga que se curó con el teatro

La escritora Petrona de la Cruz cuenta lo que ha sido su vida antes y después de la dramaturgia

377
Petrona
La dramaturga Petrona de la Cruz. Cortesía

A Petrona de la Cruz se le acabó abruptamente el tiempo de las muñecas cuando no cumplía aún los nueve años.

Sucedió en Zinacantán, un pueblo tsotsil entre montañas a 60 kilómetros de Tuxtla Gutiérrez, en el Sur de México.

En los ratos libres que le quedaba entre ir a traer leña por las mañanas y en las tardes, ir a una escuela que era más de maltrato que de enseñanzas para ella y cuidar a los hermanitos, jugaba con sus muñecas hechas de hojas de maíz.

Tomaba las hojas de la mazorca y les hacía varios nudos hasta que adquiriera la forma de un cuerpecito, le colocaba en la cabeza el terso pelo de maíz y estaba lista la muñeca. Luego tomaba otro poco de hojas y le creaba la hija.

Y quedaba conformada la imaginaria familia de Petrona de la Cruz: una en la que había armonía, acompañamiento. Las arrullaba. Entonces ese era uno de los pocos momentos en que ella sentía que rebullía la alegría en ella.

Lo demás, era…

Petrona
En el cierre de la FIL de la UNICACH

Petrona de la Cruz tiene 54 años.

Sentada en el pretil del andador principal de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas (UNICACH), dice que ahora en su vida siente la gracia de una mariposa volando.

Y cuando dice eso, aspira el aire que este mediodía de viernes es húmedo en Tuxtla Gutiérrez. Suspira mientras desde esta parte alta recorre con la vista la amplitud de la capital de Chiapas.

De zapatos y pantalón negros, bolso café, blusa azul turquesa de manta, lentes claros y cabello recogido en cola, da la impresión de que es una mujer que siempre ha sido alegre, con una voz que fluye suave y transparente.

Pero apenas cuenta sobre su infancia…

 

Tenía entre ocho a nueve años y todos los días abandonaba la cama a las tres de la mañana.

Tenía que ir por leña, con su abuela paterna.

Se paraba, al tronido de dedos; se desperezaba, ayudaba a poner en la lumbre el maíz para las tortillas, bebía café y a las cinco de la mañana emprendían camino rumbo a alguna montaña.

Volvían a las ocho u ocho y media, con tercios de leña en la espalda o cabeza, justo a tiempo para aventar la carga, coger su cuadernillo y echarse a correr en dirección a la escuela.

Apenas llegaba, el profesor ya lo esperaba en la puerta del salón. Ella bajaba la vista y ya sabía que no era al pupitre a donde tenía que llegar primero, sino donde estaban unas piezas de dentadas corcholatas o taparroscas de latón.

Cerraba los ojos, como queriendo conjurar el dolor y se dejaba caer de hinojos los más lento que podía sobre las tapas, mirando hacia y cerca la pared. Sentía la mirada de sus compañeros en la espalda. Levantaba las manos.

Allí se quedaba durante una hora.

Y al lado, vigilante, el verdugo, el profesor.

Se sentía sola, en su situación, en el salón, en la comunidad, entre las montañas.

El dolor la apremiaba dentro.

 

Petrona de la Cruz es la segunda de seis hermanos.

Dice que una de sus hermanitas murió aún pequeña y el mayor tiene 57 años.

Con sus 54 años, ella es madre de tres hijos.

Y este viernes ha participado antes del mediodía con la lectura de una de sus obras de teatro en la Feria Internacional de Libro (FIL) de la UNICACH, evento cultural artístico que ha reunido a escritores del país y del extranjero y a decenas de editoriales.

De sus obras recientes el Monólogo es el que ha estado en escena en el estado, el que estará en estos días en Quito, Ecuador y el que estará en diciembre en Palenque.

Es una de las invitadas especiales en la FIL, misma que le rindió un homenaje en su inicio.

Con el escritor Francisco Álvarez

Dramaturga con quince obras de teatro campea con la sencillez, como una visita más pero con la atención de algunos escritores y poetas, en los pasillos de la feria.

Antes de iniciar esta plática, aguardaba con paciencia, entre hileras de sillas, frente a un escenario donde poco más tarde se haría la presentación de un escritor también indígena.

De padre indígena y madre mestiza, Petrona de la Cruz Cruz aprendió a hablar tsotsil con la abuela que la llevaba al monte por las leñas.

 

Una mañana que Petrona de la Cruz llegó a la escuela con la rodilla sangrando, creyó que el profesor la eximiría del maltrato con las corcholatas.

Pero no.

Había llegado corriendo rengueando, porque se había lastimado al tropezar en una vereda mientras apuraba sus pasos con el tercio de leña en la espalda.

El profesor la tomó de la mano y la llevó a su mesita.

―Extiende la mano derecha.

La niña miró, temerosa.

―Qué extiendas la mano.

Puso la mano en la mesa y el profesor dejó caer varias veces sobre ella el lápiz de punta afilada.

Chilló.

En una intervención en el Congreso de la Unión

Su padre era un chofer camionero y su madre una mestiza; quien mandaba en casa era la abuela.

Más tarde, cuando ya había muerto su madre, Petrona de la Cruz comprendió que la mamá temía a la abuela.

En la casa se hacía lo que ordenaba la abuela.

De esa manera al hijo varón, al mayor de los hermanos, no se le enviaba por leña en la madrugada.

Pero Petrona de la Cruz escuchaba la sonora voz de la abuela que le decía: Si no vas por leña, no comes.

Pero de entre toda esa rudeza, había algo que atraía a Petrona: era el aprender a hablar bien en tsotsil.

Porque lo primero que habló Petrona de la Cruz es el español.

 

A Petrona de la Cruz sus obras la han llevado a Australia y Canadá y le han deparado, además de llevarse este año la Muestra Estatal de Teatro, dos sorpresas: el Premio Chiapas Rosario Castellanos en 1992 y la Medalla Rosario Castellanos en agosto pasado.

El más reciente reconocimiento lo obtuvo tras 25 años de estar en la sombra. Eso se debió a que tras ganar el Premio Chiapas Rosario Castellanos fundó, junto con otras mujeres, la organización Fortaleza de la Mujer Maya.

Cuenta que eso donde nacía la alegría por ayudar a otras mujeres indígenas, con el tiempo se convirtió en un ambiente hostil por ciertas actitudes impositivas de algunas personas. Empezó a tener dificultades para escribir.

Hace dos años, tras una larga meditación, abandonó la organización y se puso a escribir. Por fin ha terminado una obra que hacía siete años la había iniciado. Trata sobre las parteras indígenas, ese oficio que ha ido desapareciendo en México.

Para suministrar de leña a la madre que preparaba tostadas para venta, Petrona de la Cruz tenía que ir a las montañas otra vez, por las tardes, apenas salía de la escuela y comía, aunque ya acompañada por su hermano.

Casi todas las tardes era violada y amenazada por su hermano.

Además de las amenazas del hermano, Petrona de la Cruz sabía que en su comunidad era más fácil que se creyera que todos los días un cerro se desplazaba y volvía a su lugar a que la creyeran que ella era víctima de violaciones.

Por eso, en cuanto pudo, se fue de la casa; se fue a refugiar a un albergue escolar administrado por el entonces Instituto Nacional Indigenista (INI).

Petrona de la Cruz concluyó la primaria cuando contaba 17 años.

 

También a esa edad, a los 17 años, fue víctima de otras violaciones.

Inmiscuido el padre en asuntos políticos, un bando contrario tomó de rehén a la hija y la llevó a un lugar escondido entre las montañas.

Las cosas sucedieron de esta manera: Petrona de la Cruz se había inscrito en un taller de costura en San Cristóbal de las Casas, a 11 kilómetros de Zinacantán, y el medio de transporte que utilizaba era el que conducía su papá. Pero un día que se le descompuso el carro a su padre, ella fue en busca de otro transporte para retornar a su casa. En eso pasó una combi con apenas unas cuantas personas a bordo y se subió. Pero el automóvil no tomó rumbo al pueblo sino hacia otra dirección. Por más que peleó ella, los hombres la sometieron y la encerraron en una casita en una montaña. Todos los días la violaban, hasta que un día que se emborrachó el celador ella se escapó.

Unas semanas después empezaron los mareos, los malestares.

Fue con un curandero, en compañía de su madre, y este le dijo que tenía un cebo en el vientre. Y le recetó un bebedizo.

Se acentuaron los malestares y volvió con el curandero.

Este le dijo que tenía un sapo en el cuerpo.

Pero un día que empezó a sangrar y con muchos dolores buscaron a un médico de emergencia, éste les dijo que era un bebé y que estaba a punto de nacer.

Apenas oyó la noticia, la madre se vino al suelo. Entró en coma. El 23 de septiembre, el día que Petrona de la Cruz cumplió 18 años, enterraron a su madre.

Su padre se fue una temporada del pueblo y ella se quedó cuidando a los hermanos pequeños.

Los mantenía con la venta de tortillas hechas a mano.

Al año volvió su padre con otra esposa, y ella dejó a sus hermanitos con él y se marchó del pueblo con su hijo. Se fue a trabajar a una feria.

Estuvo recorriendo el estado. Ayudaba a montar la feria y mientras otras personas cuidaban de los juegos ella despachaba en la venta de tacos, con su bebé al lado.

En tres ferias, en un descuido, se le perdió el niño.

El último, que ocurrió en la feria de Chiapa de Corzo, fue decisivo para que ella abandonara el trabajo mal remunerado en la feria y volviera dos años después al pueblo de Zinacantán a trabajar en la casa de su tía, para ganar el alimento de su hijo y de ella.

Y cuando recuerda ese incidente, se torna triste. Relata que de repente de noche, tras estar atendiendo a clientes, se dio cuenta que el niño no estaba a su lado. Dejó el puesto y corrió a buscarlo y buscarlo. Desesperada estaba cuando divisó al niño durmiendo debajo de un banco.

Lloró.

 

En Zinacantán la culpaban de la muerte de su madre, además de criticarla por ser madre soltera.

Aun así, volvió.

De hecho, cuando el médico dijo que era un bebé lo que esperaba, ella contó que había sido secuestrada y violada meses atrás.

Pero esta vez que regresó su tía le dijo que se quedara en casa, que la ayudara; si bien no le pagaría en efectivo, les garantizaría alimentos y cobijo.

Y al poco que se abrió un plantel de Telesecundaria en la comunidad, la misma tía la animó a que continuara con sus estudios, que ella la ayudaría con el niño.

Ya estaba de nuevo en la escuela cuando el novio de una de sus primas le preguntó si quería trabajar, de actriz de teatro. Preguntó en qué consistía eso, y al escuchar la respuesta, dio el sí. Trabajaría como actriz por 150 pesos quincenales.

Mexfam tenía planes de montar obra de teatro en 25 comunidades indígenas, sobre la planificación familiar. Entonces, ella se presentó al casting y quedó.

―En qué casa de locos me vine a meter― se preguntaba cuando observaba los ensayos.

              

Con el cronista Rafael Espinosa

Ya habían avanzado con el proyecto de Mexfam, en el que participaban diez hombres y ella, cuando al grupo llegó la invitación para una mujer indígena que quisiera intervenir con una obra de teatro en Toronto, Canadá. Se acercó a ella el maestro del grupo y le dijo ve, Petrona, es tu oportunidad.

―Pero yo no tengo obra de teatro ―respondió ella.

―La vas a escribir.

―¿Pero cómo?

―Te vamos a ayudar.

Así fue como Petrona de la Cruz en 1991 leyó en un encuentro en Canadá la obra La mujer desesperada, que trata sobre la vida de una mujer en la violencia.

Tras su participación, dijo:

―Esto es lo mío.

 

La segunda obra de teatro escrita por Petrona de la Cruz se llama El desprecio paternal.

En esa obra, que ha puesto en escena, la dramaturga aborda el tema de los padres que prefieren a determinado hijo.

Cuando le otorgaron el Premio Chiapas Rosario Castellanos, Petrona de la Cruz ya había escrito otras obras y estaba en proceso de capacitación constante, con maestros como Víctor Hugo Rascón Banda, José Caballero, Luis de Tavira y Raúl Quintanilla.

Pero ya había empezado a sentir lo que en este momento repite, que el teatro la ha llevado a la sanación.

―Por eso volví a la escritura ―dice.