El pueblo que quedó bajo tierra

Eran las primeras horas de la noche cuando el flujo piroclástico se deslizó en las laderas y pasó por encima de comunidades

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Esta mañana, en Esquipulas Guayabal no se oye más que el murmullo del aire que sube de las barrancas o baja de los picos más altos de los cerros entre los que se levanta el volcán Chichonal con su amplio cráter. Ubicado en la cumbre de una montaña, Esquipulas Guayabal se reduce ahora a las ruinas de una vieja iglesia desenterrada parcialmente y que acentúan el ambiente de pesado silencio. Es como si en este lugar se hubiese concentrado el silencio de hombres, mujeres y niños que perdieron la vida en las erupciones que ocurrieron entre el 28 de marzo y el 4 de abril de 1982, aquí en la región Norte de Chiapas. Hace 37 años el volcán enterró y calcinó a comunidades que se encontraban dispersas en un área de diez kilómetros a la redonda.

El primer lunes de marzo, hemos llegado bajo la guía de Santiago Altunar Sánchez a este lugar, tras casi una hora de vereda a la par de un ocre y limoso riachuelo. Este arroyo da la impresión de ser un dren de tierra supurando. Esquipulas Guayabal, del municipio de Chapultenango, es de los pueblos que quedaron sepultados desde la primera explosión del Chichonal aquél domingo 28 de marzo. Aquí se levantaban grandes silos donde se guardaban el cacao y el café de los productores de la zona para darle salida, vía avionetas, hacia el municipio de Pichucalco. A la vez, era un centro distribuidor de productos básicos para los pueblos indígenas zoques ubicados en el lado oriente del volcán. La pista de aterrizaje la ocupan ahora dos amplios charcos formados con el agua de las lluvias.

El volcán Chichonal afectó a comunidades de cuatro municipios: Francisco León, Chapultenango, Ostuacán y Pichucalco. Con la erupción desapareció el primero, aunque años después algunas familias retornaron para recuperar sus tierras. Pero Esquipulas Guayabal, al igual que la cabecera municipal de Francisco León, que llevaba el mismo nombre, es de los lugares que quedaron sumidos en el silencio, con geografías alteradas, bajo piedras y arena. Francisco León, como municipio, es el que engrosó la cifra de muertos. Se habla de más de 2 mil muertos y cerca de 20 mil personas desplazadas. Y como si pretendiera disputar la corona del pueblo más golpeado, el guía Santiago cuenta que en la noche de la erupción el Chichón casi apuntó sus explosiones hacia Esquipulas Guayabal. Al oírle, recordé los comentarios similares que había escuchado en los dos días anteriores del recorrido en otras zonas afectadas.

En el tercer día del viaje a esta parte de la cadena de montañas en el norte de Chiapas, el camino a Esquipulas Guayabal es el de los menos abruptos de todos los atajos que hemos caminado con un fotoperiodista para visitar los lugares donde hasta la noche del 28 de marzo existieron comunidades indígenas, con sus templos de piedra y casas que no eran más que chozas en su mayoría. Discurre en gran parte sobre arena suelta, desde que inicia al final de una carretera de terracería que corre del pueblo de Chapultenango a la pequeña comunidad de El Volcán. Por eso, hombre acostumbrado a caminar en las altas montañas y a recorrer tramos largos, desde el inicio de la caminata Santiago Altunar decía: Guayabal es aquí nomás.

La distancia de Tuxtla Gutiérrez al pueblo de Chapultenango es de poco más de 200 kilómetros de carreteras si se toma la ruta que pasa por Ixtacomitán y de cerca de 150 kilómetros si se pasa por Tecpatán. La carretera, desde ambas rutas, se amplió hasta hace poco al municipio de Francisco León, porque antes de la erupción del volcán los medios de transporte eran las avionetas que llegaban de Pichucalco y las bestias mulares. Pero aun así, una gran parte de dicho municipio no se comunica más que por veredas. Así es como se llega, mediante una vereda accidentada y cortada viarias veces por el caudaloso río Magdalena, al desaparecido pueblo de Francisco León, si se parte de la comunidad de Naranjo. Son tres horas de camino en un atajo que es principalmente el paso de bestias mulares. También se puede llegar por San Pablo Tumbac, pequeño pueblo que renació en una ladera con sus treinta o cuarenta casas e iglesia de piedras. Pero en el lugar donde existió Francisco León ahora hay nada. Solo pastos y uno que otro árbol; solo el rumor del Magdalena que acompaña al silencio.

Francisco León era también el bastión de unos cuantos caciques que señoreaban la zona y quitaban y ponían alcaldes a su antojo. El cargo, sin salario, solo era para mantener el control y asegurar sus riquezas: grandes extensiones de tierra, amplio hato ganadero y acaparamiento de productos agrícolas. Para la mayoría de los indígenas, estaba el trabajo mal remunerado y un templo católico para buscar cobijo. Cuentan algunos sobrevivientes que unos años antes de la erupción en el pueblo que se ubicaba casi al pie del volcán, en el lado norte, se empezaban a registrar algunos cambios en la política administrativa de la zona: se había elegido a un alcalde que empezaba a percibir un salario. De pronto, el volcán: el estallido, el miedo, la ceniza, los gritos, la arena, la huida, el flujo piroclástico, la muerte, las explosiones piroclásticas.

La destrucción se consumó en la madrugada del 4 de abril. Ese día se registró la tercera de las explosiones más violentas del Chichonal. Eduardo Álvarez, quien contaba con poco más de 20 años entonces, quiso llegar al día siguiente a Francisco León. Entró por San Pablo Tumbac, pero se topó con un paisaje desolador: la iglesia de San Pablo estaba en el suelo, las casas estaban quemadas y, más allá, en la parte baja, la tierra era brasa, con algunos árboles que se terminaban por consumir. Se sintió triste, pequeño. Entonces, levantó la vista y ahí estaba el volcán. El mismo que desde aquí, en el lugar donde estuvo Esquipulas Guayabal, se ve cerca, tan cerca.

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