Tengo a Luis Miguel en casa

Karina Flores Cabrera se encontró por vez primera en su vida con Luis Miguel en la puerta de una discoteca un mediodía de1982 en el centro de Tuxtla Gutiérrez, en el sur de México.

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Karina Flores Cabrera se encontró por vez primera en su vida con Luis Miguel en la puerta de una discoteca un mediodía de 1982 en el centro de Tuxtla Gutiérrez, la capital de Chiapas, en el sur de México. Ella iba de vestido de flores y cintillo en la cintura, con el cabello oscuro recogido en coleta, y él, sonriente, con pose de divo, desde un cartel, vestía pantalón y chaqueta ajustados, de colores brillosos.

Se soltó de la mano de su madre y dejó que ella y sus dos hermanos y su padre se adelantaran. Quedó absorta por un rato frente al muchachillo a quien le colgaba un dije de sol del tamaño de una rodaja de naranja en el pecho descubierto y llevaba el cabello largo y sedoso cortado a lo príncipe valiente. Luis Miguel. Sintió el jalón de mamá, pero ella, niña de ocho años, quiso admirar más: quería seguir frente al que luego soñaría para novio, para el papá de su hijo.

Esa misma tarde, en casa, sintió que extrañaba al niño que se promocionaba con su primer álbum titulado Un sol. Pronto se le hizo hábito sintonizar música en la radio y esperar por si Luis Miguel aparecía en el programa televisivo Siempre en Domingo: cuando se anunciaba la presentación de El Sol, aguardaba con sensación de mareo.

También llegaron los sinsabores. No le gustó la escena de la boda de Luis Miguel y Lucero en la película Fiebre de Amor y tampoco la imagen de portada de una revista: Luis Miguel y Lucero vestidos de blanco. Creyó que en verdad se habían casado. Se puso triste. Luego, temerosa de llevarse más sorpresas, cogió la revista y buscó más. Se alegró: la fotografía correspondía a la misma película. Entonces ya bromeaba, con su madre Edna Betzabet Cabrera, que estaba enamorada de Luis Miguel. ¿Su canción favorita? 1+1=2 enamorados.

Cortesía

El Sol, lo dice ahora, sentada en un sofá color pistache, en la pequeña sala de una casa de tres plantas donde vive con su bebé de meses, es un hombre bonito. ¿Bonito? Sí: sus ojos, sus labios, su cabello. ¿Enamorada? Sí, soy una enamorada. Tengo a mi Luis Miguel en casa. Se llama Leonardo Gael Flores Cabrera. Nació el 21 de marzo de 2009, midió 49 centímetros y pesó 3 kilogramos. Es de ojos verde aceitunados, de cabello lacio y rubio oscuro, de piel blanca. El pediatra le proyecta una estatura de 1.78 centímetros y un cuerpo atlético. Se llama Leonardo porque admiro a Leonardo Dicaprio y a Leonardo de Lozanne, del grupo Fobia. Gael, porque a mi padre, Porfirio Flores Salgado, y a mis dos hermanos les suena bien Ga–el. Y en cuanto a los apellidos, me hubiera gustado que primero fuera Cabrera, para llamarlo Leonardo Cabrera. Tiene ritmo.

***

El padre de Leonardo mide 1.79 de estatura.

Es canadiense.

En la ficha del donante de semen que en la clínica del Instituto Valenciano de Infertilidad (IVI) le presentaron en México cuando hizo una visita de información, Karina Flores Cabrera leyó estos datos:

1.79 de estatura.

Piel blanca.

Ojos azules.

Cuerpo atlético.

Cabello lacio y rubio claro.

Dice que acudió al IVI —con clínicas en siete países— porque fue adonde los llevó un buscador electrónico a ella y a una de sus primas. No familiarizada con el mundo de la Internet, había solicitado ayuda.

Así fue como apareció la clínica donde pagó cerca de mil cuatrocientos dólares:

300, la muestra del semen.

675, la aplicación que duró menos de diez minutos.

412, una ampolleta de hormonas para diez aplicaciones.

—¿Cuesta lo mismo tener un bebé rubio que uno moreno? —Pregunté y me dijeron que es el mismo costo.

—¿Y por qué un bebé blanco?

—Tenía la libertad de escoger y fue lo que hice.

Pero antes, Karina, mujer de 35 años, con aire débil; que mide 1,57 centímetros y es morena clara, ya ha platicado que no le gustaría que su hijo fuera víctima de burlas, como ella antes que se enamorara de Luis Miguel.

Unos compañeros de escuela le decían fea.

Pero ella no se considera ni fea ni guapa. Aparenta unos cinco años menos. Tiene unos ojos color café.

Insiste:

—No soy fea, aunque sí insegura y tímida en el amor, pero no quiero que mi Leonardo crezca con traumas. Quiero que sea feliz.

—¿Que sea actor o cantante?

—No, no, no, no. Esos llevan una vida triste: creo que no tienen descanso. Quiero que tenga una vida de calma.

Leonardo es un niño quieto. Tiene un cesto de mimbre, pero su madre prefiere que duerma con ella. Si no está con su madre, está en brazos de los abuelos o los tíos o los primos o las tías, hasta en los de aquellos que intentaron convencer a Karina que descartara la inseminación artificial.

Karina no pidió aprobación. Si llegó a comentar sobre su decisión, fue sólo para informar.

—Sí, así fue —coincide su madre.

Quedó fecundada con la primera aplicación, es decir, a la segunda visita que hizo al IVI, y cuando confirmó el embarazo, nada comentó a su padre: no le daría la noticia sino una semana después.

Su padre era quien más se había opuesto. En su afán de hacerla cambiar de opinión, le había ofrecido un viaje a Canadá o a Cuba para que tomara unas vacaciones y, si se daba la oportunidad, consiguiera un novio.

Porfirio Flores soñaba, o sueña, con tener un yerno.

***

Porfirio Flores Salgado tiene aspecto de sacerdote retirado. De bigote rasurado, lleva corto el cabello entrecano, viste pantalón y camisa que parecen recién planchados y calza unos zapatos negros que lucen brillantes. Me extiende la mano, en su nevería Las Delicias en una comunidad de campesinos que está a poco más de una hora de Tuxtla, y dice: adelante, tengo una hora para responderle, porque a las tres como y a las cuatro me tomo una siesta.

Él era tornero mecánico. Trabajó dieciseis años en la construcción de presas, pero desde hace veinte se dedica a su negocio de helados y pasteles. Dice que le va bien. Casi todos, en su familia, tienen negocios: él y su esposa, la paletería; uno de sus hijos una pequeña empresa de construcciones y Karina con un salón de belleza. Karina, la última de tres, abrió el negocio cuando no tenía más que veinte años y desde entonces tiene independencia económica.

—Es mi única hija. Yo quería tener yerno.

Porfirio, complexión gruesa, moreno, habla con cierto dejo de tristeza, pero apenas menciono a Leonardo Gael, se alegra. Es como mi hijito, dice, y continúa: cuando vi que todo salió bien, cambié de opinión. Temía que a mi hija se le complicara el embarazo; ahora viajo seguido a Tuxtla —dos o tres veces por semana— para ver a mi nieto. Ya me reconoce.

En un rapto de alegría, me invita a pasar a conocer los otros compartimentos de la casa y el amplio patio que da, del otro lado, a una pequeña pieza donde él toma la siesta. Le digo que son las tres de la tarde y me contesta que sin ningún problema puede disponer de media hora más.

—Él es mi adoración. —Me repite cuando ya estoy abordando un taxi que me llevará a la terminal.

***

De cumplirse el diagnóstico de su pediatra, Leonardo Gael llegará a tener la misma estatura y un cuerpo parecido al de Luis Miguel, el cantante que lleva vendidos más de 52 millones de discos y ganados 9 premios Grammy, 90 discos de Platino y 31 discos de Oro.

Son Aries y tienen el mismo color y tonos de ojos y cabello. Luis Miguel —hijo de Marcela Basteri y Luis Gallegos— nació en San Juan, Puerto Rico, 39 años antes que Leonardo Gael, pero se dice mexicano.

—Claro que es mexicano —dice Karina.

—Mexicano como Gael.

—Claro —repite.

Sonríe, con su bebé en brazos. Trato de buscarle parecido con alguna de las mujeres famosas que han sostenido romances con Luis Miguel: Stephanie Salas, Issabela Camil, Daysi Fuentes, Sofía Vergara, Mariah Carey, Mirka Dellanos, Luciana Salazar, Genoveva Casanova y Araceli Arámbula.

En eso estoy, cuando:

—Me enamoré pero también entendí que no era posible. Soy feliz con Leonardo.

Leonardo tiene el cabello ralo, como el de Miguel —el mayor de los dos hijos de El Sol con Araceli Arámbula— en unas fotos publicadas en 2007, un par de meses después de haber nacido. No tanto como los hijos de Luis Miguel, también ha aparecido en algunas publicaciones: un periódico y una revista de moda locales han dado cuenta de su concepción y nacimiento.

Karina Flores insiste en que tratará que su hijo viva una vida tranquila.

Sabe que aquel muchachillo que conoció un mediodía en la puerta de una discoteca,  ahora lleva corto y peinado hacia atrás el cabello, ha cantado a dúo con Frank Sinatra, también tuvo una hija con Stephanie Salas, recibió su primer Grammy a sus 14 o 15 años y es un misterio el paradero de su mamá.

—Una vida difícil, creo —resume.

***

La primera vez que llamé por teléfono a Karina, me respondió que al día siguiente platicaría conmigo. Empecé a complicar en mi cabeza una pregunta aparentemente sencilla: ¿Qué la llevó a tomar esa decisión? Cuando se la hice, ella evadió la respuesta. Se levantó del sofá y trajo a su bebé. Ya pesa 8 kilos, dijo orgullosa. Por un bebé así, vuelvo a pagar, pero quiero que él sea hijo único.

—¿Queda descartado un posible matrimonio?

—Tuve un novio, estuve enamorada de él. Lo dejé porque consideré que no era lo que yo quería. Además, no pocas historias tristes he escuchado de mis clientas, y yo no quiero sufrir eso.

Calla. Se la ve meditabunda. Levanta la vista a la pared. La sala tiene paredes también color pistache y sin adornos ni cuadros, con aspecto frío y puro.

Baja la mamá. Pregunta cómo vamos.

Habla Karina de un recuerdo de cuando tenía unos cinco años. Dice que su padre era celoso y, a veces, discutía con su madre. «Ella tenía bonitas piernas, y cada que mi papá la veía con falda corta, la regañaba y le desgarraba la ropa para que ya no se la volviera a poner». Sí, dice la madre, mi esposo es muy atento y amable, pero tuvo sus momentos de celos y errores, y lo llegué a correr de la casa. Tal vez eso también influyó en la decisión de mi hija. Tal vez, dice Karina. Insiste: lo que sí es cierto es que soy insegura en el amor y también quiero proteger mi corazón.

—¿No será porque no ha aparecido alguien parecido a Luis Miguel?

—No creo. Mi exnovio no es guapo y lo amé.

—Optó por un hijo con algunas características de él.

—De niña soñaba con tener un hijo de él.

—¿Y ya lo tiene?

Ríe.

—Tengo a Luis Miguel en casa.

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