Óscar de los Santos Domínguez desciende de su coche con la liviandad de una gacela, pese a que su vida registra etapas que podrían resultar demasiado pesadas para cualquiera. Es media tarde, por hoy ya ha cumplido con varios compromisos, pero aún muestra frescura como si estuviera empezando el día con toda su energía.

Saluda con un apretón de manos y toma camino, para la entrevista, rumbo a una pequeña oficina en el centro de Tuxtla Gutiérrez. De repente vuelve sobre sus pasos y pregunta si es necesario se ponga los tenis para la fotografía. Viene de chancletas, short y camiseta deportivas. Dice que ha pasado a dejar a una de sus hijas a la escuela.

La mañana y mediodía de este viernes lo empleó principalmente en la busca de financiamiento para el viaje que lo tiene ocupado. Atleta ultramaratonista ha estado entrenando para participar el próximo 26 de octubre en el Mundial de 24 Horas en Albi, Francia. Requiere de un mínimo de 70 mil pesos para costear los pasajes y el campamento en la justa internacional.

De hecho se supo más de él a raíz del reto que se impuso y cumplió hace poco de entrenar durante 24 horas seguidas. La proeza llamó la atención de hombres y mujeres que lo acompañaron ese día de finales de agosto, aún bajo la lluvia, en uno de los más amplios centros deportivos de la capital de Chiapas. Completó más de 200 kilómetros en esa jornada.

Atrajo la curiosidad de muchos el hecho de verlo correr durante horas, sin saber que en el mundo de Óscar de los Santos ya son comunes las largas y extenuantes jornadas de carreras.

 

Óscar de los Santos Domínguez tiene 55 años y un peso de 48 kilos casi equilibrados a su estatura de un metro con 56 centímetros.

Hace unos seis años que es ultramaratonista.

En ese tiempo ha corrido justas que rebasan los 50 kilómetros y atraviesan planicies, montañas y barrancos hasta alcanzar los 100 kilómetros o más en Chiapas y otros estados.

De sus triunfos foráneos destacan el primer lugar en el maratón de la Marina en Mérida; el segundo lugar obtenido en las alturas de Torreón, Coahuila; el tercero en las sierras de Chihuahua y el primer lugar obtenido en los 100 kilómetros en Monterrey, un triunfo que lo calificó para participar en una carrera de montañas en Portugal, al que no asistió por falta de recursos; correr las 24 Horas de Francia este octubre y ser parte del ultramaratón de Holanda en 2020.

Los 100 kilómetros de Monterrey lo califica como uno de los maratones ultradistancia más difíciles que ha corrido porque fue correr y correr en un circuito de pavimento. El piso de cemento golpea hasta la cabeza del corredor. De esa competencia guarda una amplia anécdota.

¿Pero cuándo empezó a correr Óscar de los Santos Domínguez?

Desde niño, responde.

Nació en Tonalá, municipio de la costa chiapaneca, y esta tarde recuerda que sus primeras carreras es de cuando tenía siete u ocho años, que se iba de pesca al mar todas las tardes y regresaba a las cinco o seis de la mañana corriendo a la casa para luego echarse otra carrera a la escuela.

Saliendo de la escuela, pasaba a la casa y como a las tres de la tarde partía de nuevo rumbo al mar con un pedazo de papel de tabla de multiplicar o algún breve texto escolar que llevaba metido en una bolsa de plástico para que no se mojara.

Por ratos leía a la luz de alguna lámpara o aprovechaba cualquier breve descanso para tirarse a dormir en la lancha.  A las dos o tres de la mañana recogían los aperos y se enfilaban con el cargamento de camarones al lugar de entregas, para dos o tres horas después encontrarse en casa.

Había que correr para acortar los tiempos de recorrido, muchas veces con kilos de camarón en la espalda.

La casa se encontraba en una ranchería a kilómetros del mar y también como a seis o siete kilómetros del pueblo de Tonalá, donde estaba la escuela primaria. Una vez en casa, había que recorrer un trecho de terracería para tomar el transporte al que le llevaba unos diez minutos a la escuela.

Era correr y correr, todos los días.

En una de esas el profesor de educación física se acercó a Óscar de los Santos y le soltó directo la pregunta de si quería correr para la escuela. Había competencias interescolares y el maestro quería aprovechar la habilidad y ligereza del alumno al que todos los días veía llegar corriendo.

Lo que no sabía el profesor es que a ese alumno lo agobiaba la tristeza por una razón: tenía deseos de jugar y corretear en los recesos pero ante el desvelo y cansancio se quedaba dormido mientras sus compañeros se divertían afuera.

Óscar dijo que sí.

Las primeras distancias que corrió Óscar de los Santos fueron de 75 metros, 100 metros.

En corto tiempo se vio cómo ese alumno flaco y bajito de estatura casi volaba apenas ordenaban las salidas.

A sus 17 y 18 años ya había corrido y ganado tantas veces, como velocista, carreras de cinco kilómetros. Pero entonces, ya con más de 20 medallas de plástico ganadas y con un par de años ya fuera de casa, también empezaba a probarse como físico culturista.

Se había ido de la casa y había dejado unas 80 cabezas de ganado vacuno en el corral y había contribuido en parar la casa en el rancho, además de apoyar en la compra de medicamentos del hermanito que apenas vivió cuatro años aquejado de un mal que lo tenía llagado. Todo lo había hecho con el dinero de las ganancias de la pesca del camarón. Eran tiempos en que se pescaba suficiente.

De hecho, su abuelo y a él les correspondía pescar en una zona donde era paso natural del banco de camarón del mar muerto al mar vivo. Por eso hacían cargamentos de mariscos por lo que él llegaba a ganar del diario ese montón de billetes que la compradora se los envolvía y amarraba en una pañoleta.

No sabía cuánto de dinero era, porque él apenas sabía contar hasta 100. Pero en una de tantas, apenas notó que cuando se iba de pesca con particulares éstos le hacían trampa, pidió de favor a la compradora le anotara en una hoja cuánto le correspondía a él para informarle a la mamá.

Eso mientras aprendía a contar bien.

Pero cuando él se vino a la capital de Chiapas, su padre cayó enfermo de alcoholismo y acabó con todo el ganado que él le había dejado a su madre.

Y en esta parte de la plática, Óscar de los Santos Domínguez cuenta de cuando él pronunció por primera vez que sería un atleta. Fue el día que su padre le picó el orgullo al increparlo sobre lo que haría en la vida.

Él, nada más por responder, contestó que sería un atleta.

Entonces, el hombre, con ocho hijos, incluido el que falleció apenas cumplidos los cuatro años, le señaló su bicicleta, como un guiño para que se dedicara al ciclismo.

No, bicicleta no. Voy a correr, dijo él.

Su padre era uno de los seis elementos de la Marina que representaban a la institución en las competencias de ciclismo en la zona. Todas las mañanas tenían que entrenar y en cuanto terminaban tenían que desarmar y limpiar cada una de las piezas de su bicicleta, y una vez terminado les daban el día libre.

Pero llegó un momento en que ese hombre, quien se mantenía fuera del pueblo durante largos periodos y ganaba poco, abandonó la Marina y se volvió asiduo a las bebidas alcohólicas. Fue entonces que Óscar de los Santos retornó a Tonalá para intentar salvar lo que quedaba del patrimonio pero ya era algo tarde.

Las ganancias de siete u ocho años de pesca se habían extinguido.

Partió de nuevo a Tuxtla Gutiérrez.

A sus 28 o 29 años, ya había triunfado en competencias de 10 kilómetros y seguía buscando ser el mejor.

Se acercó a un entrenador especialista en medio maratón y éste le propuso escogiera de dos programas de trabajo, previa evaluación de su capacidad de corredor.

No aprobó para aplicar el primer programa.

El examen consistió en correr tres veces cada una de las distancias de 200 metros, 400 metros y 1000 metros. Salía disparado como una liebre y el entrenador terminaba moviendo la cabeza en señal de desaprobación.

Entonces optaron por el segundo programa de trabajo.

Así fue como Óscar de los Santos empezó a correr el medio maratón, que es de 21 kilómetros, y el maratón, de 42 kilómetros 195 metros, para un día hacer una pausa de nuevo y preguntarse lo que seguía. Ya tenía 49 años y quería ser ultramaratonista.

A esas alturas ya sabía lo que es mantenerse en pie y corriendo, atento a que en cualquier momento, tras kilómetros de carrera, podría aparecer lo que se le llama la pared en el argot del atletismo: el corredor entra como en una fase automática y podría ser víctima de ilusiones ópticas antes de desvanecerse. Y también hacía años que le había quedado en claro que se requiere de un buen entrenador, porque no es correr por correr.

Buscó un entrenador y le manifestó que sería atleta ultramaratonista.

Y ahora, aquí, habla con emoción e interés de los retos que tiene un atleta de su categoría como si se refiriera a tramos de cincuenta o cien metros o como si se fuera a correr aquí a la vuelta de la cuadra. Ha corrido ultramaratones de 100 kilómetros.

También hay maratones que se denominan seriales y alcanzan los 200 kilómetros, dice.

Y quizá espoleado por mi asombro, suelta de inmediato:

Ah, también están las millas, que son más de 200 kilómetros.

Y para darle fuerza a lo que está contando, relata que el primer serial que se realizó en México lo ganó el atleta Marco Antonio Zaragoza Campillo, quien está participando en el Spartathlón que recorre 246 kilómetros entre Atenas y Esparta en Grecia. Esa es la otra categoría de los ultramaratones.

Él en Francia correrá durante 24 horas seguidas.

Previo al viaje, su entrenamiento de Óscar de los Santos Domínguez lo divide en tres sesiones. En la mañana opta por el recorrido durante horas en lugares altos y accidentados. Luego sale a lugares menos bruscos y por último, ya en la tarde noche, corre en lugares más llanos para evaluar los resultados de los primeros entrenamientos. Mide el tiempo y pone atención en la reacción de su cuerpo.

Realmente hace dos años que inició un entrenamiento dividido en dos sesiones, pero como se acerca la fecha del Mundial de 24 Horas en Francia, en el que participarán 20 mexicanos, divide nueve o doce horas de entrenamiento en promedio en tres sesiones. Se despierta a las 4:30 horas y a las 5:00 sale de la casa, llueva o no llueva, porque él es de las personas que se dice si te vas a dedicar a esto, hazlo bien.

Y cuando ve que alguien es más rápido, él se dice ¿Qué tiene él, que no tengas tú? ¡Así que hazlo, puedes!

Eso fue lo primero que se dijo la primera vez que vio corriendo a unos kenianos, los vio correr como si apenas rozaran el piso.

Indagó sobre el porqué los kenianos se imponían en las carreras.

Luego supo que los kenianos corren en las alturas, para mayor reserva de glóbulos rojos, y también corren para vivir.

Y quedó más convencido cuando comprobó, tras su campamento en la Sierra Madre de Chiapas, que el entrenamiento en las alturas te facilita el triunfo, como a él en el ultramaratón de Monterrey.

Recuerda que en esa justa nacional llegó sólo, con pocos recursos, recomendó su mochilita en una tienda y se metió al circuito. Ya iba vueltas y vueltas y casi ya no distinguía el marcador en los tableros. ¿Cómo voy?, pasaba preguntando. Sentía que corría en automático cuando escuchó que una joven mujer se desgañitaba animándolo a que siguiera adelante.

 ¡Vamos Chiapas! ¡Arriba Chiapas!, gritaba la mujer.

Ya iba como en el kilómetro 80 cuando un equipo de asistentes lo abordó al trote y le preguntó si era el chiapaneco. SÍ, apenas susurró. Somos tus asistentes, le anunciaron. Nos envió una doctora.

Ahora dice que ese equipo lo ayudó en su triunfo en ese ultramaratón.

Fue el ganador absoluto del primer lugar.

Y esta tarde, poco antes de concluir con la plática, cuenta con orgullo que siente el apoyo de la gente.

Ha retrasado un poco el campamento en la Sierra de Chiapas, porque quiere tener garantizado el recurso para partir antes del 23 de octubre.

Se le ve animado.

Luce juvenil.

Le digo que también él ha corrido para vivir.

Sonríe.

Vengo desde abajo, dice.

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