Jere XXXIII

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Jere_Capítulo-XXXIII_SolesteView_Diseño-Jhony-Galván

En cuanto amainó la lluvia me paré en la puerta y vi marchita la vegetación de los cerros que rodeaban al volcán. La mayoría tenía manchones amarillentas y rojizas, pero algunos estaban como si se hubieran calcinado completamente los árboles.

Llamé a mamá y apenas vio hacia el volcán, se desdibujó su rostro. Temblaba.

–Ven, ayúdame a coger unas cosas –dijo.

La seguí.

Murmuraba. Tiempo después supe que rezaba.

Mi hermana, la menor, seguía con la guitarra.

Ayudé a meter unas cosas de cocina en un saco de manta. Luego rellenamos otro con algo de ropa. Palpé mi bolsillo y sentí el objeto.

Salí al patio y, sin saber lo que se aproximaba, me despedí del viejo árbol de pimiento.

Lo abracé.

Era muy tarde, pero en vez del clima fresco acostumbrado se sentía un ambiente oprimente. No corría aire. Había llovido, pero no se sentía más que vapor caliente.

Cuando me separé del árbol, sentí una sacudida bajo la tierra.

Se oyó un lejano estruendo.

–¿Dónde andas? –gritó mamá.

Y cuando estuve de vuelta dentro de la casa, me ordenó escogiera un solo juguete.

Quise decirle que juguetes no tenía; bueno, que mi mayor entretenimiento en los últimos meses eran las incursiones al campo. No recordaba dónde había dejado un avioncito al que le faltaba un ala, un cochecito de plástico sin ruedas y al caballo que no era más que una vara con una cuerda anudada en una punta. Pero me aseguré de nuevo de que la semilla seguía en mi bolsillo.

Entró apurada mi otra hermana. Traía un mensaje del abuelo. También él había notado el cambio de tonalidad de los cerros entre los que se erguía el volcán.

Que preparáramos las cosas, pero con mamá nos habíamos adelantado. Y que él y la abuela ya venían camino para la casa.

Papá no aparecía.

De pronto un estallido. Sentí como que se bamboleó la casa. Chilló mi hermana, la de la guitarra.

Se oyó otro estruendo.

*Continúa…

 

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