Jere XX

El niño que perdió su mundo

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Jere_capitulo_XX_SolesteView_Diseño Jhony Galván

 

 Dijo el abuelo que lo que siguió después del hombre que se marchó un mediodía fue el caso de un gato, un gato no común.

Puso la mano a casi un metro del suelo para ejemplificar el tamaño del felino y la temblorosa luz de las llamas proyectó en el seto de la cocina la forma de una gruesa e inquieta serpiente.

Como notó que tenía puesta la mirada en la figura, abrió y cerró fugaz la pinza que se forma entre el dedo pulgar y los demás, de modo que la sombra lanzó un ataque.

Se escuchó una risita.

Que quien vio por primera vez al gato lo encontró sentado a orillas del pueblo sobre el tronco de un árbol recién derribado.

Estaba inmóvil, como si dormitara.

Pero cuando le lanzaron una piedrita, el gato alzó una mano y atrapó el proyectil. Soltó la piedra y se quedó estático de nuevo.

Al día siguiente que se supo que aves de dos o tres corrales habían sido atacados, ya nadie dudó de que había sido el gato, porque muchas horas antes había corrido el rumor de que había sido visto vigilante la tarde anterior desde la altura de un madero.

No faltó quien agregara que el animal tenía dos o tres pollos muertos a sus pies.

Alguien más contó que el animal había intentado ingresar a una casa.

Tampoco faltó quien se atreviera a decir que el gato era realmente un animal al que no le llegaban los proyectiles; que sin necesidad de esquivarlas, las piedras se desviaban solas. Por lo que una tarde los hombres se congregaron en el centro del pueblo, frente a un templo, y dejaron en manos de los ancianos los ritos que creían necesarios para dar caza o ahuyentar al felino. Pusieron una escopeta sobre una mesa, le amarraron una cruz cerca del gatillo, le rociaron sangre de gallina negra, le colgaron un trapito negro cerca de la mira y hasta discutieron algunos sobre la posibilidad de suplir los cartuchos por algo que sirviera mejor para el conjuro. Se pasaron largo rato en acaloradas discusiones, que suficiente tiempo tuvo el gato para concretar varias cazas.

El animal se paseó a sus anchas en los patios, en los alrededores de las casas, en las orillas del pueblo. Mientras era esperado en alguna parte, en otra atacaba.

Se marchó cuando quiso.

Que lo último que hizo fue soltar un maullido desde el campanario de la iglesia.

Señal premonitoria, advirtió alguien, y abandonaron todo intento los captores.

 

*Continúa…

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