Jere XXXII

El niño que perdió su mundo

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Jere_capítulo-XXXII_SolesteView_Diseño-Jhony Galván

 

Me incorporé y vi un muchacho a mi lado. Era alto, delgado, cabello lacio y de piel ligeramente clara. Los ojos, verde marrón veteado de ámbar. La nariz larga y achatada en la punta, los pómulos algo salientes y la barbilla delgada le daban, combinados con las pobladas cejas y bigote naciente, un aspecto gatuno. Me tocó al hombro y sonrió.

–Abre la mano –dijo.

Lo observé por un rato. Vi que sus dedos jugueteaban con algo oscuro.

–Ábrela –ordenó.

Extendí la mano izquierda y depositó una semilla aplastada y circular en ella, oscura con un pedazo de franjita clara en los bordes. Era lisa y la imaginé tan dura como una piedra.

-Quédatelo –dijo y me dio un apretón en el hombro.

Tomó camino en dirección al agujero, seguido de la multitud de gatos. Me acerqué a la orilla y cuando vi que se metió el último minino, emprendí el regreso a casa.

Llegué y mamá estaba en la cocina. Papá no estaba. En la sala mi hermana se empeñaba en hacer sonar una por una las cuerdas de la guitarra. Se detuvo en la sexta y la pulsó tres veces de manera espaciada. Alegre, exclamó:

–Abuelo dejó su guitarra.

–Seguro que vendrá al rato –le respondí.

La dejé con la guitarra y me acerqué a un rincón junto a la cama. Busqué un lugar donde podría estar seguro lo que llevaba en la mano. Estaba por meterlo en un resquicio entre el horcón y el seto, pero escuché el repique de las primeras gotas de lluvia en el techo. Lo guardé en el bolsillo.

Se soltó el aguacero.

 

*Continúa…

 

 

 

 

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