Jere XXXVI

El niño que perdió su mundo

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No volví al lugar hasta hace poco ―dijo Jere tras un breve silencio.

Respiró hondo. Calló de nuevo.

Observé algo de tristeza en el de la mesa de al lado. Desde la barra, el del café nos dirigió una mirada de aviso de que estaba por cerrar. El de la mesa contigua se incorporó, se despidió con una leve inclinación de cabeza y se marchó sin hacer ruido.

―Encontré completamente plana la tierra.

―¿Plana? ―pregunté impresionado.

―Sí, plana… del pueblo ―aclaró.

Se puso a contar que ya no encontró el canal de arroyo que pasaba a poca distancia de su casa ni los desniveles en los que se encontraban algunas construcciones. Todo era parejo y daba la impresión de que el pueblo se había encogido.

Todas eran casas nuevas, salvo unas cuantas y la iglesia. Ésta, sin la torrecilla central y uno de los dos campanarios, es la que gobierna con sus altos muros de rocas desde el centro de la meseta. Y en el lugar donde se levantaba su casa, se encontró con unas pequeñas construcciones de cemento, apretujadas. Quiso saber dónde realmente iniciaba y terminaba el área que llegó a pertenecerles. Cuando creyó que ya había resuelto, un viejo, de quien no se dio cuenta de dónde salió, le indicó que había errado.

―Tu casa estaba al fondo ―precisó el hombre.―Hasta hace unos años estuvo de pie el único horcón que sobrevivió a lo del volcán: las otras dos erupciones y el fuego.

El viejecillo, encorvado, canoso, sonrió.

Y en cuanto notó que Jere se había puesto serio, atajó de inmediato:
―Me río porque cuando llegamos de vuelta ese madero era la única muestra de que en esta parte hubo casas antes del volcán.

Era un horcón medio quemado, de pie donde fue la destrucción completa.

―Cosas inexplicables ―musitó el viejo.

Jere recordó lo que llevaba en el bolsillo.

*Continúa…