Jere XXXIX

El niño que perdió su mundo

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Jere-capítulo-XXXIX-SolesteView-Diseño Jhony Galván

Hoy la he devuelto al lugar.

Viajé a este pueblo tras meditarlo durante largo tiempo, casi desde que Jere me compartió el relato, pero debo admitirlo que lo hice motivado principalmente por una sucesión de cosas que han ocurrido en mi entorno familiar.

He recorrido las veredas hundidas por el paso de caballos y bueyes; los ríos, que son más lechos de rocas que de agua; partes accesibles de las montañas, pobladas de piedras volcánicas, y las zonas donde existieron pueblos.

Me he pasado sentado toda una mañana a la orilla del río, donde he creído que Jere encontró en su infancia el acceso. Nunca hallé el árbol o siquiera una huella del mismo, pero sí el desfiladero que tantas veces él describió.

También quise conocer el área donde habría estado la casa de Jere.

Visité la iglesia. Se ve que tuvo una torre central y dos campanarios. Es larga y no muy ancha, hecha de piedras.

Desde la puerta principal divisé el volcán. Di unos pasos hacia fuera y con un pie removí algo de tierra, pura arena. Se observa una distancia corta entre la iglesia y el volcán.

Entonces, decidí recorrer una vez más la vereda en la parte baja.

Me detuve en la parte alta, casi a la salida del pueblo. Recordé a la multitud de gatos que esperó a Jere para guiarlo al agujero junto al árbol. Recorrí con la vista el camino hasta el punto donde se divide en tres y continué con la ruta de en medio. Todo despejado. De pronto, una figura en el último tramo para llegar al río.

Me precipité; corrí lo más rápido que pude.

Era una mujer.

No la alcancé.

Estuve de nuevo sentado a la orilla del río, mirando hacia el desfiladero y viendo que, debilitado, el agua aún corre.

Cerré los ojos, saqué del bolsillo la semilla y la arrojé con todas mis fuerzas.

―Ha vuelto, por fin ―se oyó.

Abrí los ojos y no había nadie más.

 

Continúa…