Jere XXX  

El niño que perdió su mundo

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 Salimos al pie de una colina poblada de casas con amplios patios y un ancho callejón central que se ramificaba a cada una de las construcciones de madero y techos de cinc. No tardé en darme cuenta que ninguna se levantaba directo del suelo, sino cada una estaba asentada sobre robustos horcones. Algunas, principalmente las del centro, estaban casi en los límites del camino principal, otras más allá y las más al fondo, pero a mayor distancia unas de otras, de modo que en conjunto daban forma a un abanico desplegado en cada uno de los lados de la línea central. El sol centelleaba sobre los techos, pero no era tan fuerte como para desistir de un lento recorrido de punta a punta. Junto a mí, venían los gatos, los pequeños porque el grande atigrado había tomado otra vereda apenas salimos de la boca del agujero, pero deduje que ya no todos, porque observé reducida la extensión de la multitud. Pasamos frente a la primera casa y no vimos a nadie: la puerta estaba abierta y la vista atravesaba hasta la puerta del fondo; nada que se moviera. Cuando alcanzamos la segunda, nos detuvimos un rato y tampoco se asomó alguien. Me detuve otro rato, porque cuando ya estaba por retomar el camino, sentí un olor dulzón. Me acerqué a unas flores que estaban junto a la escalera del acceso principal; de entre una variedad de tamaños y colores, retiré unas marchitas y húmedas. Observé tan solas las plantas, solas como la casa que estaba en silencio. Caminé en dirección a la siguiente que también tenía la puerta abierta. Llegué a unos pasos del acceso y me detuve. Di otros pasos y golpeé con una vara en la escalera principal, pero nadie salió. Quise asomarme al interior, pero tuve la sensación de que alguien nos observaba desde algún punto que no era la casa que tenía en frente. Volví sobre mis pasos y me dirigí a lo que veía como el fin de la vía principal en la cumbre: el ancho camino terminaba en un galerón también asentado sobre horcones. Di por hecho que era un lugar de reuniones. Subí en la tarima y oteé. No vi más que un pueblito desierto. Estaba por sentarme cuando vi que una niña, casi de mi tamaño, salió al callejón principal a mitad del tramo y empezó a caminar hacia abajo. Titubeé si me quedaba sentado o me iba tras ella. Abandoné la construcción y apreté los pasos para darle alcance. Llevaba un vestido blanco y avanzaba ondeando un pedazo de tela blanca en la mano derecha. En el momento que más acorté la distancia, volvió la vista, pero no detuvo sus pasos. Al final, se metió al agujero. Me apuré, llegué al boquete, pero antes de meterme volví la vista hacia las casas. Me llené de alegría. Por la manera en que estaban distribuidas, las casas formaban bajo el brillante sol la imagen de una refulgente mariposa posada sobre una fresca colina.

*Continúa…