Jere XXIII

El niño que perdió su mundo

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Jere_capÍtulo_XXIII_SolesteView_Diseño Jhony Galván
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 Salí tras el gato pero tomamos un camino distinto del que llegamos, porque nos escabullimos por la puerta de la cocina.

–Vuelve cuando quieras –alcancé a escuchar que me dijo la mujer a manera de despedida, desde la puerta.

Asentí, sin volver la vista; ya atravesábamos el patio para salir a una vereda. El gato era quien llevaba la delantera en el camino.

Se había incorporado de inmediato apenas recibió la orden de la mujer de acompañarme al retorno, como si llevara rato de estarla esperando.

Pero una vez que atravesamos el patio y tomamos la vereda, me fijé que ésta no iba en dirección al lugar donde creía había desaparecido el boquete, sino tomó un rumbo casi opuesto. Pasamos una variedad de sembradíos, unos platanares con los frutos casi tocando el suelo, unos limoneros con frutas arracimadas, árboles de cacao con mazorcas muy largas, arrozales que amarillaban parejo como arena de río bajo el sol, y de repente salimos frente a un claro de una extensión considerable y con una cola de vaca enterrada en medio, sí una cola de vaca con el tronco bajo la tierra y la punta algo inclinada como una planta recién sembrada pero que se repondrá apenas reciba los nutrientes necesarios. Esa imagen me hizo reparar en la bolsa de manta que llevaba terciada al costado y con algo dentro.

–No la abras hasta que no llegues a tu casa –había dicho la mujer.

Resistí el deseo de revisar la bolsa. Recordé que la mujer repitió:

–No la abras.

¿Para qué una cola de vaca enterrada a medio campo? Me pregunté, pero en eso me di cuenta que el gato se había adelantado. Apuré mis pasos para alcanzarlo.

Más adelante pasamos frente a un terreno donde un hombre inclinado trabajaba con movimientos automáticos, como si estuvieran programados las flexiones de sus brazos. Dudé que fuera alguien de carne y hueso, pero no tardé en constatar que así era. Me acerqué al cerco lo más que pude, como para distinguir que me había saludado con un parpadeo. Pensé en mi padre que regularmente estaba ausente de la casa. Retomé la vereda y tras caminar un largo rato, una vez que dejamos atrás las tierras llanas y las colinas y nos adentramos en terreno accidentado y barrancoso rumbo a altas montañas y desfiladeros que se veían oscuras y neblinosas, escuché algo parecido al rumor de un caudaloso río. Provenía de una barranca que aún estaba a cierta distancia al costado del camino. De pronto el gato dobló para allá y conforme nos acercábamos se escuchaba más fuerte el ruido.

 

*Continúa…

 

 

 

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