Jere XVI

El niño que perdió su mundo

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 La mujer empujó la puerta y ordenó siéntate, al tiempo que me indicaba un banco oscuro que estaba colocado apenas entrando a la casa. Habíamos caminado largo rato desde que nos encontramos; mejor dicho, me encontró.

Mudo, obedecí mientras recordaba el cuento del abuelo en el que aquellas personas que decían que habían cruzado la oculta puerta del cerro se habían topado con casa y lugares donde se les convidaba o disfrutaban de algo, pero no había manera de sacarlo de allí salvo que fuera entregado u obsequiado con ese propósito.

En eso estaba cuando vi que la mujer volvía con un cuenco desde la cocina. En cuanto lo recibí noté que era de madera ligera, pero daba la impresión de estar hecho de barro quemado.

–Bebe –soltó con frialdad la mujer.

Me acordé de la dureza de mi madre cada que me servía la comida cuando la había hecho enojar, y di un sorbo a la bebida.

Era refresco de cacao.

Sentí alivio y una ligera sacudida de mi banco como si un animal removiera su cuerpo.

Estaba por bajar la vista para comprobar que no había sido más que una sensación cuando mi banco oscuro se desplazó unos pasitos.

Brinqué y arrojé la bebida.

El banco similar a una talla de madera desgastada de tanto uso no era más que un armadillo que apenas se vio liberado corrió a colocarse de nuevo en un rincón, como que listo para recibir a otra visita. Guardó cabeza y manitas y quedó quieto.

Me quedé asustado a unos pasos, pero la voz de la mujer me sacó del azoro.

–Desde aquella vez supe que vendrías –dijo.

Volteé hacia ella.

Quise responderle que lo único que había hecho fue seguir a los gatos, pero lo primero que se me vino a la mente es que había desaparecido el camino por donde llegué.

–¿Desaparecido el camino?

 

*Continúa

 

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