Jere XXXI

El niño que perdió su mundo

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Salí del subterráneo, algo conmovido. Aparte de tener presente la viva imagen de la mariposa destellante, en mi mente aún hacía eco el estribillo que escuché del abismo cuando crucé el puente.

 

Si cuenta te has dado errante

Sin luna es la profunda noche

Sabrás pronto oh caminante

Sucumbe la calma del navegante

 

Deduje que era la niña. Antes de franquear por completo el puente, escuché que chilló la voz como si el aire tibio la hubiese alterado, pero pensé en su figura caminando grácil en el callejón principal de la colina y en aquello que consideré un juego de niños que buscan un primer acercamiento: había dejado desplegada la tela blanca en un rincón de la cámara de estalactitas, con dos piedritas encima. No lo tomé como un obsequió. Me limité a cambiar de posición las piedras y junté dos puntas opuestas del trapo. Cuidé de que ninguno de los gatos pequeños pasara encima, porque del grande no había visto más que la cola que desaparecía en el otro extremo de la gruta cuando entré en ella. Me detuve un rato en observar las piezas que pendían del techo y me imaginé que la niña iba muy adelante y sola en la oscura ruta y el atigrado grande a cierta distancia. Miré por última vez el pedazo de trapo y emprendí el camino.

Cuando salí del agujero, también lo hicieron los gatos. Nunca alcanzamos al grande. Caminamos hacia el terraplén donde me habían esperado la otra vez. Los mininos se mostraban contentos: se correteaban, saltaban. Busqué al pequeño atigrado, no estaba y tampoco había estado desde que apareció el que superaba a todos en tamaño y que ahora estaba desaparecido. Me incliné y estaba pasando la mano en la cabeza de un gato, cuando sentí la presencia de alguien.

*Continúa…

 

 

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