Jere V

El niño que perdió su mundo

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jere_capítul05_solesteview/Diseño Jhony Galván

 Atravesé el patio, me metí a la casa y fui directo a donde el gato.

Levanté el canasto y deslicé la lagartija; apenas estaba por soltarla cuando sentí que una ancha mano felina la tomó.

Me escabullí lo más rápido que pude de debajo de la cama, sacudí del polvo mis rodillas y la ropa y pasé por la cocina para salir al patio.

Mamá tenía apilados los pollos muertos.

Los unos cuantos que se habían salvado iban de aquí para allá alterados, alejados del cerco que daba a la maleza, como acusando mala presencia.

―Nos quedamos casi sin pollos.

Guardé silencio. Sentí la mirada de mamá. Cogí una piedra y la lancé tras el cerco; creí escuchar que algo se retiró el último.

―Eran muchos, de todos los tamaños y colores ―habló mamá.

Me estremecí con el recuerdo de la mano ancha y tibia y voluminosa que había cogido la lagartija apenas levanté el cesto.

Contó mamá que al escuchar que cacareaban las gallinas o que se alborotaban asustadas, salió al patio y lo que vio la dejó perpleja por un rato. Las matas, los postes y los troncos del cerco estaban tapizados de gatos.

Unos estaban echados inmóviles como si fueran de juguetes, otros estaban sentados y algunos estaban de pie con la cola baja o levantada. Que todos miraban hacia la casa, como si esperaran algo.

Sólo miraban, en silencio.

Apenas se repuso de la sorpresa, mamá vio a diestra y siniestra y sus ojos se toparon con agudas miradas.

Sintió opresión.

Creyó que se asfixiaba. Lentamente empezaba a girar el cerco con los gatos y la casa en derredor de ella.

Tomó aire y sacó fuerzas de donde pudo para inclinarse rápido y levantarse con el lanzamiento de una piedra hacia lo que ya parecía la línea de un círculo giratorio.

Botó la piedra sobre un poste, mas no se vio que haya alcanzado algún animal.

Pero mamá recobró fuerzas y se detuvo el movimiento, tanto que vio cómo cada uno de los gatos saltó al patio y hacia los pollos.

Ocurrió rápido: los gatos dando zarpazos; de repente desaparecieron, como asustados.

Mamá quedó con un pie inflamado, pero no lo notó hasta que no cayó en la cuenta que había pateado tantos gatos.

Soltó las piedras y me miró inquisidora. Dio unos pasos hacia mí y temí una reprimenda. Pero lo que dijo me llegó como una sacudida.

 

*Continúa

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