Jere VIII

El niño que perdió su mundo

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Jere_capitulo_8/SolesteView/ Diseño Jhony Galván

Llegué a la casa antes que se fuera la tarde. Mamá estaba preocupada pero en vez de decirme algo me observó con detenimiento como si me interrogara. Me detuve a cierta distancia y cuando dio la vuelta hacia la cocina, me fui tras ella.

–Siéntate –dijo tajante.

Levanté un banco volcado y me acomodé recargado a un horcón. Vi que mamá me servía en un plato hondo. Deduje que suponía que tenía mucha hambre. Colocó la comida sobre el fogón y me acerqué con el asiento de madera.

Con el primer bocado, giré hacia mamá y de reojo noté que su semblante había cambiado. Quité la vista para que no se diera cuenta que la observaba y fuera a descubrir que yo no compartía su preocupación. Quedé viendo cómo el fuego recobraba fuerzas y hacía crepitar la madera de la que se alimentaba. Se había hecho el silencio y claramente creí escuchar el aún apurado latir de mi corazón y el susurro de las llamas. Había corrido por ratos en mi retorno.

Permanecí inmóvil, mudo testigo de cómo suave y armoniosamente la oscuridad desplazó del entorno la débil luz del día y dejó en su lugar el cambiante destello de la lumbre. Reaccioné al escuchar que mamá se había colocado sobre otro banco cerca del fogón, tras encender una lámpara de petróleo junto a la puerta que comunicaba con el área que servía de sala, comedor y dormitorio.

–Hemos hablado con el abuelo –pronunció.

Intenté en vano reprimir una risita.

–Para que platiquen.

Me reí porque abuelo tenía una particular manera de interrogar. Te contaba cuentos.

–¿Y aceptó?

–Creo que acaba de llegar –respondió mamá.

Pregunté porque hacía tiempo que abuelo había caído en la cuenta que yo planeaba tretas con el único fin de que le dieran quejas y él llegara con los cuentos, porque a veces pasaban días sin que nos visitara. Supuse que esta vez pensaría que era otro de mis juegos, pero no tardé en comprender que me equivocaba.

Lo vi en la puerta, parado con sus anchos y largos huesos y poca carne, con su barbilla levantada y mirada amplia como si auscultara el ambiente y oliera el aire detenido y sus extensas manos de dedos alargados. Lo vi como una mezcla de claridad y sombra. Llamó a mamá y cuando la tuvo en frente se encorvó para hablarle en voz baja.

Algo comentó mamá, que él asintió mientras me miraba detenidamente.

–Platiquemos –dijo de pronto, como si se dirigiera a más presencias que nosotros.

 

* Continuará…

 

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