Jere II

El niño que perdió su mundo

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Jere-capítulo-2-solesteview/Diseño Jhony Galván

 –Viajé hace poco al lugar y durante días busqué en vano.

La voz de Jere sonó entrecortada. Supuse que estaba por llorar. Le temblaba la barbilla.

Quité la vista de él para evitar se sintiera incómodo, pero apenas lo hice lo encontré sin ningún asomo de dolor, sin esa parte opresiva de la nostalgia mal llevada.

Tenía la mirada puesta en mí, como si me interrogara en silencio.

–¿Otro café? –dije nomás por decir.

–Tengo –respondió.

–De manera que fuiste –retomé lo que había dicho.

Asintió primero y comenzó a hablar, que en ese lugar ya todo es pequeño, que ya no hay esas rocas gigantes, que ya no hay esas veredas anchas, que los ríos ya no tienen la dimensión de horizonte de orilla a orilla, que los árboles se achaparraron, que el aire ya no susurra sino que anda dando trastumbos de barranca en barranca como si se lamentara de algo, que lo que se oye del aleteo de las aves no son más que rastros de tiempos lejanos que quedaron desperdigados en el espacio.

–¿Y qué era lo que buscabas?

Nací al pie de un pueblo en una casa con techo de dos aguas y cercado de cañas que una parte quedaba en los lindes de la comunidad y la otra prácticamente entre el monte, de modo que cuando alguien salía de la casa podía tomar rumbo al campo sin que nadie lo notara o caminar sendero arriba a la comunidad. Si bien nunca entendí de porqué la casa había sido construida sobre un área así, no tardé en descubrir de lo ventajoso que era para mí vivir en la orilla. De modo que en mi familia nadie supo que en vez de ir a jugar con los vecinos, regularmente yo prefería ir a caminar por las veredas, por los montes, por los ríos. Poco a poco fui recorriendo distancias más largas hasta llegar a otras montañas desde donde por ratos me sentaba a divisar el pueblo que con su larga y vieja iglesia se levantaba sobre una alta meseta flanqueada por dos amplios y profundos ríos y prolongada en alturas en el otro extremo del que se ubicaba mi casa. Fue en una de esas que me encontré con la mujer.

–¿Con una mujer? ¿En la montaña?

–No. Cuando ya volvía a casa.

–¡Ah!

Era alta, ancha, llevaba recogido el cabello en dos gruesas y largas trenzas. Ya era vieja.

–No temas –dijo, y en eso observé que retozó un gato en su regazo.

Era un atigrado, aún minino.

Es para tu pueblo, tómalo, cuídalo.

Es como si aún me repitiera esas palabras, porque justo cuando las estaba pronunciando alargaba los brazos para que yo recibiera el gato.

 

*Continúa

 

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