Jere  VII

El Niño que perdió su mundo.

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Jere_capitulo_7-SolesteView/Diseño Jhony Galván

Salí tras los gatos porque quería observar la imagen de la multitud corriendo camino abajo, pero apenas entré al monte y llegué al borde de la barranca donde empieza a descender la vereda, vi una ancha y alargada mancha inquieta y multicolor detenida en un recodo, conjunto de hábiles cuerpos y miradas finas destellantes, un concierto de ronroneos y maullidos; era como si me esperaran. Estaban cerca y observe con precisión que el minino atigrado se encontraba en medio y movía la cola como un solitario péndulo en campo abierto. El camino era ancho y visto desde lo alto en partes se perdía y en partes se veía apenas como un delgado hilo que avanzaba discreto entré árboles, ríos, rocas y montañas. Entre la altura del que se levantaba mi pueblo y la cadena de montañas de la que es parte el volcán se abre un gran cañón en el que corre un amplio río al que llegan a dar las mesetas, barrancas y arroyos tributarios, pero da la impresión de que es corta la distancia en línea recta de punta a punta, aunque la ultima vez que visité el lugar comprobé que no lleva menos de un día caminar el tramo. Eso sí, de niño lo recorrí en días y a mi paso fui encontrando lugares que con el tiempo los he ido ubicando en el plano de la fantasía.

Cuando di un paso vereda abajo, la multitud se removió.

Di otro paso y se oyó un maullido.

Los gatos se empujaban unos a otros. Se preparaban para emprender el camino.

Más claro se oía el estertor de los gatos.

Emprendí el camino. Apenas notaron mis movimientos los animales se pusieron también en marcha.

Se enfilaron hacia el río grande, en dirección al volcán. Llevaban pasos moderados, y cuando notaban que me rezagaba, se detenían y me esperaban.

Como dos o tres veces detuve mis pasos a propósito y las mismas veces hicieron lo mismo los gatos: lo hacían automáticamente, como si fueran uno solo.

Reiniciaba mis pasos y hacían lo mismo. Era como si nos uniera un hilo invisible. Entonces, temí por el retorno a casa. Pero como era temprano para volver a casa, continuamos hacia el río.

Cuando llegamos, caminamos largo por la orilla, contrario al curso de la vereda, hasta llegar a un árbol grande y de extensa copa. Una parte de su gigantesco tronco salía del río, por lo que los gatos empezaron a bordear la que estaba en la parte seca.

De repente, detuvieron sus pasos.

Creí que se treparían al árbol, pero cuando vi lo que estaban por hacer levanté la vista al cielo. Atrás había quedado el mediodía.

 

*Continúa