Jere XI

El niño que perdió su mundo

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Cuando el abuelo habló de la mujer alta, ancha, carirredonda y de largas trenzas recordé a la que me había entregado el gato.

Era idéntica y la había encontrado justo donde el camino se dividía en tres en la parte baja, sin saber por dónde había llegado.

–Cuídalo –me había dicho en cuanto ella largaba al gato y yo lo recibía.

Y como la quedé mirando asombrado, terminó por darme instrucciones de cómo quería que cuidara del minino.

Quería que lo tuviera encerrado bajo la cama durante quince días.

Y como yo me sentía en una edad en que era preferible escudriñar que andar de preguntón y menos ante gente desconocida, me guardé algunas preguntas como el por qué tenía que mantener encerrado al atigrado y por que durante quince días.

Y tampoco le puse tanta atención a la mujer cuando me dio las respuestas sin pedírselas, porque en eso me empeñaba en tratar de sostener las patas del gato que de repente se tensaban como si quisieran tomar impulso, pero que luego caí en cuenta que sólo era para jugar conmigo, porque me empezó a pasear su tersa cola en la cara.

He tratado de hacer memoria y lo poco que recuerdo del monólogo de la mujer, porque sólo ella habló mientras yo intentaba familiarizarme con el minino, es que mi pueblo se convertiría en algún tiempo en una gran ciudad, yo no sabía ni qué era y cómo era una ciudad; que habría automóviles, yo no había visto más que bestias mulares llevando cargas por lejanas veredas; que habría industrias, yo no había visto más que las humaredas de los fogones; que habría trenes, yo no había visto más que filas de campesinos por las tardes remontando colinas y barrancas hasta llegar al pueblo; que habría anchas calles y avenidas, yo no había visto más que los atajos para cortar camino de una casa a otra; que habría edificios, yo no veía más que el volcán a corta distancia; que habría escuelas, yo no había visto todavía más que una improvisada galera donde llegaba un instructor cada quince días o mes para dictar primeras lecciones a un grupo de hombres con alguno que otro interesado en los estudios; que habría aviones grandes. Eso sí, ya había visto avionetas. Últimamente sobrevolaban constantemente sobre la cadena de cerros de donde se levantaba el Chichonal, el volcán.

¿Pero que tenía que ver todo eso con que yo mantuviera encerrado durante quince días al gato?

–Cuídalo –alcancé a escuchar que me repetía la mujer en son de despedida.

 

*Continúa

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